Categorías
Consumo sostenible

El contenedor amarillo trajo la basuraleza al pueblo.

Este año ha sido la novedad en el pueblo. En el mío y otros muchos: ya tenemos contenedor amarillo. En la legislación de los años 1990 se eximía a los pueblos más pequeños de poner estos contenedores, ya que la obligación de contar con sistemas de recogida selectiva únicamente obligaba a los municipios de más de 5.000 habitantes a implantar sistemas de recogida selectiva de residuos a partir del año 2001.

En pueblos como el mío el contenedor amarillo no tenía mucho sentido: apenas se producían residuos de envases. Un sistema de recogida todo uno servía para satisfacer la necesidad de retirar y dar una gestión adecuada a los residuos generados en todos los pueblos de la zona.

Pero el contenedor amarillo se fue extendiendo poco a poco. Y ha llegado hasta mi pueblo. Y posiblemente también al tuyo. En vez de establecer la recogida separada de materia orgánica, tal y como nos lleva exigiendo Europa desde la entrada en vigor del requisito previsto en la Directiva 2008/98/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 19 de noviembre de 2008, sobre los residuos, Ecoembalajes España S.A. ha colocado un contenedor amarillo en la plaza, en la carretera a la entrada, o en otro lugar bien visible del pueblo.

El primer problema de esto es que no está con el resto de los contenedores donde normalmente los vecinos tenían costumbre de tirar la basura. El segundo es que se ha puesto el contenedor, pero no se recoge con una frecuencia adecuada. Seguramente durante gran parte del año es suficiente con venir cada dos meses a vaciarlo, pero en verano… en verano la foto es esta otra.

Contenedor amarillo en la España vaciada

Un contenedor permanentemente saturado de residuos. Los vecinos del pueblo separando residuos en sus casas y cuando llegan con su bolsa al contenedor amarillo no pueden dejarla dentro porque no hay capacidad de recogida. El dilema está servido ¿Dejar la bolsa junto al contenedor lleno? ¿Llevarla a los otros contenedores de “basura normal”? ¿Meterla en el contenedor de vidrio o de papel que está al lado del amarillo? Dejarla en casa hasta que vengan a por el contenido del contenedor amarillo es una opción los dos primeros días, pero a las dos semanas hay quien se queda sin espacio para seguir acumulando envases vacíos en casa.

Cada cual opta por lo que su conciencia le dicta. Algunos intentan apretar un poco más el contenido, dejando sus bolsas colgando de la boca del contenedor, otros amontonan sobre las bolsas que rodean al contenedor… hay quien definitivamente abandona el esfuerzo de la separación en casa y opta por tirar todo junto en los contenedores de siempre.

Estamos en un pueblo pequeño. Con sus gatos y sus perros callejeros. Y la fauna salvaje que, si quizá se esconde tímidamente por el día, campa a sus anchas por la noche. No son pocos los animales que se sienten atraídos por las bolsas que se acumulan alrededor del contenedor amarillo. Unos las tocan curiosos, otros rebuscan tras la experiencia de haber encontrado alimento fácil las semanas anteriores. Unas aves vienen a picotear la basura que ha quedado esparcida, el zorro se lleva algo a un rincón oscuro para inspeccionarlo tranquilamente.

Y después viene el viento, a trasladar lo que ha quedado libre. Bolsas de plástico que vuelan hacia el monte, latas que ruedan calle abajo y se acumulan en un rincón, junto al frontón de la plaza. Basuras dispersas a partir de un esfuerzo ciudadano que acaba en un resultado negativo, a la vista de todos, por la falta de inversión de quienes tenían que resolver el problema de los envases de usar y tirar.

El problema de las basuras dispersas ya existía. Llegó, como avisaba Félix Rodríguez de la Fuente, “no solamente en bolsas de plásticos y de esos famosos envases sin retorno que van a llenar España y el mundo entero”, con los envases de usar y tirar de nuestra Civilización de la Basura.

El contenedor amarillo vino a agravarlo. Donde la industria podría haber optado por envases reutilizables y los comercios por aceptar la devolución de los recipientes vacíos en sus establecimientos, todos optaron por materiales de un solo uso y trasladar el problema a los contenedores amarillos. Es una cuestión estadística: cuantos más envases de usar y tirar se ponen en el mercado más probabilidades hay de que algunos acaben abandonados en la naturaleza. ¿A quién sirven esos envases de usar y tirar?

Este verano han dejado de vender en la plaza de mi pueblo. Salvo el panadero y algún hortelano que ha venido a ofrecer sus patatas y cebollas, hemos tenido que ir a las tiendas de otro pueblo a comprar. Otro pueblo que concentra la actividad comercial de toda la comarca y en el que cada vez tienen más presencia cadenas y corporaciones de distribución de productos envasados. Antes venía con su camión un carnicero de la zona, el frutero… con producto a granel que podías comprar sin recurrir a envases de usar y tirar o a una mínima cantidad de ellos.

Quizá ha sido una triste coincidencia, pero muy ilustrativa del problema: el envase de usar y tirar desplaza al comercio local y de proximidad, favoreciendo el negocio de grandes corporaciones transnacionales que expolian recursos ambientales y derechos laborales en otros rincones del planeta con el objetivo de mantener su margen de beneficios y precios que destruyen las oportunidades del medio rural.

Envases de usar y tirar que son aliados de la destrucción de empleo y el cierre de negocios en la España vaciada. De la destrucción de nuestros pueblos y paisajes en manos de macro instalaciones para producir carne plastificada para su distribución global. Las tiendas familiares no compiten en precio con las grandes superficies. Pequeñas explotaciones que dejan de ser viables cuando tienen que someterse a las imposiciones de la big food. Supermercados que llenan todo de basuraleza porque no hay un sistema adecuado para recoger los residuos que, a pesar de nuestro esfuerzo de separación, acaban dispersos por falta de medios para su adecuada gestión.

Así la industria del envase de usar y tirar inventó la palabra basuraleza. Porque en vez de asumir su parte de responsabilidad e incorporar en su cuenta de resultados los costes ambientales, económicos y sociales que nos ocasionan, prefieren señalarte con el dedo y culpabilizarte del fracaso del contenedor amarillo.

En vez de ajustar la capacidad y la frecuencia de recogida a la realidad de las ciudades y los pueblos donde supuestamente prestan un servicio, apelan a tu conciencia ambiental y te piden que salgas a recoger, como voluntario de una asociación, la basura dispersa que ellos producen en su modelo de negocio.

Afortunadamente, desde Europa han empezado a poner fin a la basuraleza. La Directiva de plásticos de un solo uso establece que son los sistemas de responsabilidad ampliada del productor quienes tienen que hacerse cargo de los costes de la limpieza de los vertidos de basura dispersa generada por los productos que ponen en el mercado, su posterior transporte y tratamiento.

Quizá así empiecen, después de tantos años, a ajustar la capacidad de recogida a la realidad de la cantidad ingente de materiales de un solo uso que ponen en el mercado. Y al irresponsable modelo de consumo que promueven con los envases de usar y tirar que acaban siendo residuos dispersos en el medio natural.

Mientras tanto cada vez hay más basuraleza en todos los rincones de mi pueblo. En el monte, en los ríos, en los campos de cultivo. Lo triste es que en muchos casos salga directamente de la bolsa en la que alguien se esforzó por separar sus residuos para entregarlos a un sistema que escatima medios de recogida en beneficio de las grandes corporaciones que se están cargando nuestra salud y la de nuestro planeta.

2 respuestas a «El contenedor amarillo trajo la basuraleza al pueblo.»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.