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Consumo sostenible

¿Movilidad sostenible o escaparate de coches?

Dicen las estadísticas que cada vez se venden menos coches. Que las nuevas generaciones de conductores no quieren tener uno en propiedad. Quizá tenga más que ver con la progresiva pérdida de poder adquisitivo que sufrimos todos los trabajadores que con las preferencias de consumo. O que estas estén llevando masivamente a aplazar la compra hasta que una generación de vehículos eléctricos con cierta autonomía y asequibles llegue al mercado.

El caso es que el carsharing se va extendiendo, fundamentalmente, por las grandes ciudades. Poco a poco han ido apareciendo distintas empresas que van poniendo a disposición de los conductores diferentes modelos de vehículos. Uno de los ganchos para captar clientes es presentarse como una solución para la movilidad sostenible: coches eléctricos compartidos en la ciudad. Pero hay algo de escaparate en esta estrategia que une a empresas de servicios y marcas de automoción.

Hasta que la empresa car2go empezó a utilizarlos, en su versión eléctrica, como los vehículos de su servicio de carsharing siempre había visto el Smart como un coche pijo para niños pera. Ridículo, pequeño… bien es cierto que venía de conducir un Citroën BX y que mis trayectos urbanos se resolvían principalmente en metro o autobús. Del BX pasé al Peugeot 106 del abuelo y aprendí lo interesante de un coche de tamaño y consumo reducidos (al menos mientras la vida te permite viajar con lo puesto y sin preocuparte de andar llevando triciclos, bicicletas y otros artilugios voluminosos de un lado para otro).

Los prejuicios sobre el Smart se me pasaron la primera vez que alguien me invitó a subir a uno para acudir a una reunión. Era la época en la que car2go era la única empresa que funcionaba con coches de alquiler y sólo prestaba servicio en el centro de Madrid. La sensación de ir un poco apretado dejó paso al alivio de movernos rápido por la ciudad. Y con la conciencia tranquila por hacerlo en un coche eléctrico. Más barato que un taxi y, en aquella ocasión, mucho más rápido que la imposible combinación de transporte público que tendríamos que haber utilizado.

Poco a poco otras empresas entraron en el mercado, poniendo otros vehículos eléctricos en las calles y, ahora sí, llegando con su servicio hasta las calles de mi barrio. Fue cuando finalmente me decidí a darme de alta en una de ellas y conducir por primera vez un coche eléctrico. Con emov probé el Citroën C-Zero. Un cochecillo que, visto desde fuera… daba un poco de cosilla. Me costó un poco cogerle el truco pero enseguida hicimos buenas migas. Era una época en la que mi día a día pasaba fundamentalmente en Madrid capital y con frecuencia iba con prisas de un lado para otro. En muchas ocasiones, si había un emov cerca era la primera opción. Cerca quedó definida como la distancia entre donde yo me encontraba y la boca de metro más próxima.

No era raro que el emov más cercano estuviese a un kilómetro o más de distancia, convirtiendo esta opción en algo menos interesante. Pero emov había conseguido que me habituase a conducir un coche pequeño por la ciudad. Incluso, algún tiempo después, cuando mi día a día ya no transcurría en la capital, que me plantease la opción de contar con un vehículo eléctrico en propiedad para los desplazamientos interurbanos.

Con Zity llegó un nuevo modelo eléctrico: el Renault ZOE. Y más disponibilidad de vehículos para los trayectos por la capital. Pero como vehículo de movilidad urbana tenía un problema: es un poco más largo que los otros. Algo a lo que no había dado importancia, pero resulta ser la clave en los servicios de coche compartido: hay que aparcar.

Me habían comentado que lo bueno del Smart era que, sin entrar en detalles, cabía en cualquier parte. El C-Zero, un poco más largo, tenía la ventaja de contar con cuatro plazas, pero el inconveniente de que ocupa un poco más de espacio. Generalmente se aparca bien, salvo cuando vas al teatro con tu pareja y otras situaciones en las que la hora de entrada es crítica.

El ZOE sigue siendo un coche pequeño, pero se pone en los cuatro metros de longitud y empieza a no caber en cualquier hueco. También cuenta con una buena autonomía. Más grande y espacioso que los anteriores, la posibilidad de probarlo metió al ZOE entre los candidatos a convertirse, algún día, en «mi» coche (el día que pueda volver a viajar con lo puesto).

Y aquí es donde surgió la duda. ¿Por qué un coche tan grande pudiendo optar por otras soluciones eléctricas del catálogo de Renault para atender a la necesidad de desplazarse por la ciudad? Quizá sea porque hay que crear necesidad. Quizá si no hubiese conducido el C-Zero no me hubiese dado cuenta de lo versátil que es. Ni de lo fácil y silencioso que es conducir un coche eléctrico. Sí. Ya sabía que existía el ZOE, pero hasta que no me puse al volante unas cuantas veces no se convirtió en objeto de deseo.

Por supuesto que las empresas de coches compartidos prestan un servicio interesante en la ciudad, quizá reduciendo el número de coches necesarios en la misma, tal vez sustituyendo viejos motores de combustión por nuevos vehículos eléctricos.

Pero son, sobre todo, un escaparate. Una forma de normalizar modelos concretos y su presencia en la ciudad. Por eso me preocupa, por ejemplo, que la siguiente apuesta, en vez de ser por un vehículo marcadamente urbano y altamente eficiente, sea un SUV compacto. Que por muy compacto que sea sigue siendo más largo que el C-Zero y bastante más que el Smart Fortwo.

Lo que podíamos ganar en tecnologías cada vez más eficiente lo perdemos en un diseño ridículo para la ciudad. ¿A qué público va dirigido el Dacia Spring que Zity va a desplegar por la ciudad de Madrid? Está claro que no es para facilitarle la vida al profesional que va deprisa y corriendo de una punta a otra de la ciudad. Ni a la pareja que va al centro. Nos lo han vendido como movilidad sostenible pero en realidad los servicios de carsharing son un gran escaparate de coches patrocinado por los usuarios. Y parece que la estrategia es seguir estirando el chicle: un pequeño SUV asequible en tanto llegan coches eléctricos con una autonomía suficiente como para ser una alternativa real a los motores de combustión, por si alguien pica, que hay que hacer caja. El negocio es vender cuantos más coches mejor, no aportar soluciones sostenibles para resolver las necesidades de movilidad.

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