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Empresa responsable

Red Bull, latas y retorno de envases.

Un caso de estudio interesante cuando abordamos el problema de los residuos de envases es el de la empresa Austriaca Red Bull. Desde que en 1987 vendiese su primera lata, ha llegado a estar presente en más de 170 países, siendo la bebida energética más vendida del mundo. En su cuidada estrategia comercial la corporación patrocina distintos tipos de competiciones deportivas en las que promociona el consumo de sus productos al aire libre.

Con este enfoque empresarial no es de extrañar que Red Bull figure como una de las marcas que más basuras dispersas genera. Recogidas de residuos abandonados en distintos países señalan a esta marca como líder en “littering”, basuraleza, o más propiamente dicho basuras dispersas.

Según la web de la compañía, “durante el año 2019 se vendieron 7.5 billones de latas de Red Bull en todo el mundo. Esto representa un aumento del 10,4% con respecto al ya exitoso año 2018. Las ventas del grupo crecieron un 9,5%, de 5.541 a 6.067 millones de euros. La cantidad de ventas, el volumen de negocio, la productividad y las ganancias operativas se incrementaron aún más, representando cifras récord en la historia de la empresa.”

Tampoco está de más considerar dónde ocurre el crecimiento de ventas de la corporación “Los principales motivos de aumentos son las espectaculares ventas de Red Bull en los mercados de India (+ 37%), Brasil (+ 30%), África (+25%), Alemania (+15%), Austria (+12%), Europa del Este (+ 12%) y USA (+ 9%).”

En este lucrativo modelo de negocio juega un papel clave el envase de usar y tirar. Porque, hasta que se materialicen los planes de construir plantas envasadoras en otros territorios, las latas viajan desde Europa hasta el resto del mundo. “Una vez llenadas las latas de Red Bull, son transportadas desde Austria y Suiza a más de 171 países”. Así pues, 7,5 billones de latas de aluminio llenas (fundamentalmente) de agua de Austria y Suiza viajan por todo el mundo gracias al modelo de negocio de Red Bull.

¿Se imaginan una normativa que obligase a Red Bull a utilizar envases retornables? ¿Qué obligase a esta empresa a reutilizar un porcentaje de los recipientes con los que pone su producto en el mercado? Seguramente el margen de beneficio de la compañía no sería el mismo: los números de Red Bull salen de despreocuparse del destino de los envases que hacen posible su actividad.

El impacto que esto ocasiona en el entorno es considerable. Sin tener en cuenta la extracción de agua en origen, hablamos de billones de latas viajando por todo el planeta, a lugares donde no existen sistemas adecuados para su recogida, clasificación, tratamiento y reciclaje. Con promociones y campañas de publicidad enfocadas para el consumo al aire libre. El drama está servido.

Por supuesto, Red Bull hará propaganda sobre las maravillosas propiedades del aluminio y las posibilidades que ofrece su reciclaje. Pero ¿cómo reciclamos los millones de latas de Red Bull que todos los años se tiran en lugares donde no existen sistemas de recogida y reciclaje de estos residuos de envases?

El problema se extiende por todo el sector. ¿Para qué mantener una gama de envases diversos si se puede maximizar el beneficio utilizando latas de aluminio? ¿Quién apostará por formatos retornables y reutilizables pudiendo olvidarse de los envases desde el momento en el que salen de la envasadora?

La apuesta más sostenible para vender bebidas embotelladas sería el vidrio: un material que podemos utilizar tanto en formatos reciclables como reutilizables. Y, sobre todo, no requiere de plásticos ni de bisfenoles para conservar bebidas o alimentos en su interior.

Sí. Uno de los problemas ocultos bajo las promesas de reciclabilidad de las latas es el recubrimiento plástico interior que contiene sustancias de efecto hormonal, disruptores encodrinos, que afectan a la salud de quienes las fabrican y de quienes consumen productos y bebidas de esas latas.

Tal vez podríamos alegar sobre los costes de transportar vidrio frente a utilizar envases más ligeros. Dichos costes son proporcionales a la distancia que hay entre la envasadora y el punto de consumo. Si con dos plantas en Austria y Suiza distribuyes a más de 170 países de todo el mundo está claro que necesitas de un envase muy ligero. Pero si mantuvieses centros de envasado cercanos a los puntos de consumo las variables cambiarían a favor del modelo con vidrio reutilizable.

La cuestión, desde el punto de vista de la sostenibilidad, es clave. No solo por el impacto de los residuos de envases. También por cuestiones económicas y sociales: la distribución del empleo y la riqueza es uno de los desafíos que afrontamos. ¿Permitimos a las grandes corporaciones concentrar riqueza y destruir empleos? ¿Incentivamos modelos distribuidos de producción que generen oportunidades laborales? ¿Qué costes implican las distintas alternativas más allá del peso de los envases transportados?

Estudiar el caso de los impactos ambientales y sociales del modelo de Red Bull es clave. También para la industria del envase, sector que opina que quizá sin esta marca ya habrían desaparecido del mercado las latas para bebidas.

Lo triste, estudiando este modelo, es que empresas como Coca Cola se subiesen al carro de destrucción del envase de usar y tirar en vez de potenciar modelos más sostenibles, con cadenas de producción y distribución más cortas. Que no potenciasen una economía circular basada en vidrio reutilizable en ciclos cerrados en pocos cientos de kilómetros. Parece que a todos les gustan más las falsas promesas del reciclaje que la verdadera apuesta por un modelo más justo socialmente y con menos impactos ambientales.

En este punto los envasadores han asumido que, poco a poco, tendrán que ir aceptando requisitos legales cada vez más estrictos sobre su modelo de negocio y los costes que traslada al conjunto de la sociedad. Mientras tanto crearán grupos de presión, invertirán en campañas de imagen… lo que sea con tal de aplazar en el tiempo esas medidas. Lo vimos con el Coke Leaks y se ha visto con el informe “Hablan basura”.

En su objetivo de maximizar beneficios harán lo posible para mantener la producción centralizada y concentrada con el menor número de instalaciones y trabajadores que les sea posible. Ceder a cuestiones como la implantación de sistemas de depósito, devolución y retorno (SDDR) de envases es un mal menor. Algo que, bien gestionado, puede convertirse en un éxito ecologista que evitará cambios más profundos en la industria de los productos envasados.

Red Bull es viable porque utiliza latas de un solo uso. Si tiene que implantar un SDDR lo hará, cualquier cosa con tal de evitar traer de vuelta a Austria y Suiza 7,5 billones de botellas de vidrio reutilizable. Eso sí sería un drama para su modelo de negocio, y no pagar una cantidad simbólica por cada lata que pone en el mercado.

La cuestión es que todos en el sector han copiado el modelo: fomentar el consumo al aire libre, vincularse a causas ambientales, crear una imagen de marca asociada al deporte… todo lo contrario de lo que realmente son: bebidas cuyo consumo perjudica a nuestra salud, servidas en envases que contaminan los ecosistemas y que tienen sustancias plastificantes que causan trastornos en los consumidores.

Cierran plantas embotelladoras locales y utilizan cada vez más envases de usar y tirar. Incluso en sectores donde tradicionalmente se servía el producto en envases reutilizables con cadenas de logística inversa. ¿Si se consume Red Bull en lata en las discotecas por qué no otras bebidas? ¿Qué tal si ponemos cerveza en botellines de aluminio? Todo lo que permita trasladar costes al conjunto de la sociedad y concentrar beneficios es bienvenido.

Luego, cuando nos damos cuenta de que lo que ellos mismos llaman basuraleza, para eludir los requisitos legales relativos a la recogida de residuos de envases y basuras dispersas, financian estudios para crear una opinión pública favorable, por ejemplo, a poner más papeleras en el campo. No señores, eso no es educación ambiental: al campo se va con tartera y cantimplora: es la mejor forma de evitar el impacto de la basura dispersa y el coste de ubicar, recoger y mantener contenedores de residuos en lugares donde causan más problemas que beneficios.

Así las cosas la cuestión está en si seremos capaces de diferenciar la propaganda verde y la desinformación de las prioridades que necesitamos mejorar. Si nos entregaremos ciegamente a los modelos de negocio que destruyen las posibilidades mantener nuestra civilización. Si haremos algo por evitar el colapso al que inevitablemente nos lleva el espejismo en el que vivimos.

No. Beber Red Bull no es saludable. No puedes sustituir tus horas de descanso por una bebida estimulante. Si la mezclas con un depresor, como las bebidas alcohólicas de alta graduación, te suministras una bomba de relojería que acabará por pasarte factura. Tampoco sirve para sustituir jornadas de estudio o entrenamiento. Red Bull no te da alas, lo que sí hace es llenar el planeta de latas de usar y tirar. ¿Por qué no le exigimos a Red Bull que asuma el coste de sus impactos sobre la salud de las personas y el planeta que habitamos?

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