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Consumo sostenible

Acabo de leer Enfermos, gordos y pobres

En «Enfermos, gordos y pobres», Leonardo Trasande alza la voz sobre la necesidad de que los médicos, investigadores y legisladores aborden una de las mayores crisis de salud pública de nuestros tiempos: la contaminación emergente por disruptores endocrinos.

¿Qué es la disrupción endocrina? Cualquier perturbación en el funcionamiento correcto de las hormonas en nuestro organismo causada por exposición a sustancias químicas sintéticas.

El autor centra su trabajo en un grupo muy limitado de estas sustancias y en una cantidad muy concreta de los efectos observables que causan en nuestro organismo. Lo hace así para asegurar que su argumentación se centra en las mejores evidencias existentes y, sin negar la necesidad de seguir investigando, aportar elementos sólidos para abrir un amplio debate sobre uno de los desafíos que amenazan a nuestra especie desde el modelo actual de producción y consumo.

A lo largo de libro nos presenta distintas sustancias químicas que perjudican nuestra salud y la de nuestros hijos de forma irreparable. Analizando efectos hormonales que van desde problemas relacionados con la fertilidad de las parejas, dificultades durante el desarrollo embrionario, problemas que inciden en el desarrollo neuronal, distintos tipos de cáncer o problemas de obesidad y diabetes. A las cuestiones más conocidas, como las relacionadas con el recuento de espermatozoides, añade otras más llamativas como los problemas del espectro autista y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) que podrían explicarse por interferencias químicas en el desarrollo de distintas partes del cerebro.

Lo hace desde un punto de vista muy práctico, llegando a datos concretos sobre número de afectados y el coste, en términos monetarios, que causa en nuestras sociedades el impacto de la contaminación química y el tratamiento de las enfermedades no contagiosas que genera.

Hace varios tipos de estimaciones, desde las relacionadas con la pérdida de productividad por disminuciones en el coeficiente intelectual asociados al ataque químico contra el cerebro y el sistema nervioso, al coste de intervenciones quirúrgicas y medicación asociadas al tratamiento de algunas dolencias causadas por los disruptores endocrinos.

En el texto compara como las distintas legislaciones de Estados Unidos y Europa dan lugar a diversos impactos en la salud y diferentes cargas económicas o reducciones de productividad, ayudando a comprender la magnitud de la importancia de intervenir adecuadamente para reducir los efectos de la contaminación química tanto en la salud como en la economía global.

Sumando los costes de las enfermedades provocadas por disruptores endocrinos que se describen en el libro el autor obtiene un total de cuatrocientos mil millones de dólares al año. Un coste que el libre mercado no es capaz de asumir y se traslada por las industrias al conjunto de la sociedad. En esta línea también analiza el coste de reemplazar algunas de las principales sustancias de efecto endocrino llegando a la conclusión de que sería similar o menor al montante atribuido al impacto por la pérdida de salud que causa el uso de estos químicos.

Así las cosas y dado que somos los consumidores quienes tenemos que pagar, bien con una merma en nuestra salud, bien mediante el coste repercutido al precio de nuestras compras de reemplazar sustancias o eliminarlas modificando procesos productivos, el libro se cierra con una serie de recomendaciones y llamadas a la acción para conseguir una menor exposición a sustancias contaminantes.

El repaso va desde sustancias que han sido prohibidas, como el DDT, pero que por su persistencia en los ecosistemas y usos concretos siguen siendo un problema da salud pública, a aquellas que gracias a la falta de estudios previos vienen a sustituir a otras –como el BPA- aun cuando -como el BFS- son, como mínimo, igual de peligrosas que las sustituidas y, en ocasiones, más persistentes.

Juegan un papel destacado en todo el libro los plásticos y las sustancias plastificantes, con varios avisos para que evitemos al máximo su uso en contacto con alimentos. En este apartado el autor llama nuestra atención sobre el recubrimiento interior de las latas, tanto de bebidas como de alimentos en conserva, como vector de entrada en nuestra dieta de cantidades importantes de disruptores endocrinos. En particular el 99% de la exposición al BPA provendría de alimentos sólidos y líquidos, destacando que todos los alimentos son susceptibles a la contaminación y, en contra de la creencia popular, la acidez no empeora este hecho.

Cada capítulo del libro cuenta, en el apartado de notas, con un nutrido número de referencias científicas que avalan las argumentaciones y los datos aportados por el pediatra, catedrático e investigador crítico con un sistema que, de algún modo, resta importancia las evidencias que muestran la necesidad de actuar urgentemente en una materia que compromete nuestra salud.

La edición se completa con un índice analítico y de nombres que convierte el libro en una herramienta de consulta que conviene tener a mano de cara a mejorar nuestra exposición a químicos y a la que recurrir ante posibles dudas a la hora de tomar decisiones sobre hábitos de consumo.

Me gusta el enfoque del libro, los ejemplos concretos que utiliza para ilustrar distintos problemas endocrinos, así como las pautas de consumo que va desgranando para ayudarnos a reducir la carga química en nuestro cuerpo. En particular las evidencias sobre la necesidad de una dieta orgánica, en tanto que proporciona un efecto drástico e inmediato contra las exposiciones a los pesticidas organofosforados de uso frecuente en la producción agrícola.

También el enfoque de las externalidades y la necesidad de incorporarlas dentro de los modelos de negocio que las ocasionan, destacando que los efectos de los disruptores endocrinos que contienen los productos no se tienen en cuenta cuando se compran o se venden productos contaminados, motivo por el cual el precio de estos productos no refleja adecuadamente el coste que generan al conjunto de la sociedad.

El tono es optimista, especialmente gracias a ese análisis de costes en el que muestra que no hay diferencia en hacer las cosas bien o hacerlas mal, salvo en una mejor calidad y esperanza de vida del conjunto de la población si las hiciésemos bien.

Así que no hay lugar a excusas. Podemos vivir enfermos, gordos y pobres o cambiar pautas de consumo que redundan en nuestra salud, la del planeta que habitamos y contribuyen a una mejor distribución de la riqueza.

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