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Consumo sostenible

Acabo de leer ¡Cállate Alexa!

A día de hoy nadie ignora las consecuencias de comprar en Amazon: empleo precario, emisiones de gases de efecto invernadero, envases y sobre embalajes, concentración de recursos y poder, evasión de impuestos… pero seguimos haciéndolo.

Johannes Bröckers se plantea en “¡Cállate Alexa!” si nos hemos vuelto tan vagos que, a pesar de que el 70% de la ciudadanía de la Unión Europea muestra preocupación por el mal uso de su información personal en la red, simplemente ignoramos lo que ocurre cuando con nuestros datos cuando compartimos me gusta en Facebook, publicamos imágenes en Instagram o enviamos mensajes por WhatsApp.

Para encontrar explicación a ese comportamiento recurre a Arthur Koestler que, en los años 70 del siglo pasado, intentó averiguar las causas del curioso abismo, aparentemente propio del ser humano, que separa los pensamientos y las obras ¿algún error evolutivo en la construcción de nuestro cerebro hace que la capacidad de generar ideas innovadoras sin parar y concebir tecnología a una velocidad de vértigo no se sea la misma con la que se desarrolla la cultura del manejo de esas tecnologías?

Parece evidente que no somos capaces de sincronizar pensamiento y sentimientos, lo que nos lleva a desconectar de todo lo que pasa detrás de las pantallas de nuestros dispositivos, de las estrategias que guían nuestras decisiones de compra. Según el autor, si pensásemos en ello el gesto de pulsar en el botón de comprar de Amazon nos debería causar náuseas. Pero no es así.

“¡Cállate Alexa!” repasa cómo Amazon se ha ido metiendo en nuestro esquema de consumo, desde que empezó como una librería en Internet que resolvía el inconveniente de ir a buscar libros a un establecimiento físico con uno horario concreto, hasta la situación actual en la que se ha convertido en un gigante que todo lo sabe y todo lo puede.

En ese recorrido aparece, en 2016, Amazon Echo, un conjunto de altavoces equipado con siete micrófonos y tecnología de radioenlace dirigido que responde al nombre de Alexa: una caja que habla con nosotros y con la cual el registro de datos de los clientes alcanza una dimensión desconocida hasta el momento. Antes nuestro hogar era un refugio en el que podíamos estar a salvo, sentir seguridad y encontrar tranquilidad para relajarnos y recuperarnos de la jornada de trabajo. Desde la irrupción de los asistentes inteligentes hay quienes hablan más con Alexa y los equivalentes de Google, Apple o Microsoft que con las personas físicas con las que comparten su vida.

Una comodidad que no afecta sólo a nuestra privacidad, también está haciendo que el sedentarismo se vuelva patológico, con un preocupante porcentaje de la población que no llega a los requisitos mínimos de actividad física en su día a día. Y las consecuencias de esto, que van desde dolores de espalda enfermedades cardiovasculares, pasando por obesidad y diabetes.

En cualquier caso no podemos perder de vista que los micrófonos direccionales de Alexa escuchan constantemente para no perder ni una sola de las órdenes de los usuarios. Así el bueno de Jeff Bezos no solo sabe lo que compramos en su web. También cuando nos levantamos, nuestros hábitos alimenticios, qué música escuchamos, qué películas nos gusta ver, cuando limpiamos la casa, cuando salimos de ella… conversaciones enteras que quedan registradas en los servidores que permiten que Alexa funcione.

Estamos permanente vigilados por nuestros propios dispositivos que, permanentemente, agregan datos a nuestro perfil de cliente permitiendo analizar nuestros comportamientos en un contexto de un centenar de características con las que se hacen perfiles muy precisos, hasta conocernos mejor que nosotros mismos.

También se describen esas estrategias comerciales con las que el gigante de la distribución ha conseguido cerrar cientos de miles de establecimientos físicos a cambio de generar unos pocos puestos de trabajo concentrados en grandes centros logísticos que a la vez limitan las oportunidades de empleo y las precarizan. Un modelo que también permite eludir impuestos y generar campañas de imagen con iniciativas sociales a través de Amazon Smile, dedicando una pequeña cantidad de dinero en relación a las cantidades ahorradas mediante estrategias de ingeniería fiscal.

Otro apartado para no olvidar en este repaso son los servicios de computación y la infraestructura de tecnologías de la información Amazon Web Services, a las que recurren para alojar sus datos tanto empresas privadas como agencias y servicios públicos, incluida la CIA.

El autor nos hace reflexionar sobre un futuro que será el presente en el que viviremos. Un futuro que antes de regalar nuestras vidas a Amazon era mejor. Y nos anima a tomar las medidas que están a nuestro alcance para evitar caer en esa distopía en la que una corporación como Amazon domina todos los aspectos de nuestra vida. ¿Estamos dispuestos a decir “Cállate Alexa”?

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