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No te quedes con ganas de aplaudir

Se ha convertido en una costumbre. Cuando llegan las ocho salimos a la ventana a aplaudir. La primera semana nos costó elegir, si por la cocina o por el salón, pero al coincidir con los vecinos de al lado y sus hijas el balcón del salón acabó ganando puntos.

Cada tarde a las ocho dejamos lo que cada uno esté haciendo y nos reunimos en ese balcón en el reconocimiento a todos los trabajadores esenciales que hacen posible el día a día. El personal sanitario que atiende a las decenas de miles de personas contagiadas por el virus. Y al resto de personas que necesitan su atención. Pero también a los servicios de limpieza y recogida de basuras. A quienes atienden el comercio y quienes abastecen de alimentos nuestras tiendas. A los conductores del autobús que pasa bajo el balcón y a todo el personal que hace posible el transporte colectivo. También a la policía o a los militares que estos días cumplen una importante función social. Y a los bomberos.

El aplauso de las ocho nos conecta con todos ellos. Y con los vecinos del barrio. Los niños se saludan de ventana a ventana, comprobamos que las personas mayores siguen bien. Algunas aprovechan ese momento para pedir la ayuda que no han encontrado o la atención que no han podido conseguir de otra manera.

No nos ha hecho mejores ni peores, pero ese momento de aplaudir a las ocho se ha convertido en una sana costumbre. Nos hace abrir las ventanas y ventilar un poco la casa. Nos obliga a levantar la vista, mirar alrededor y fijarnos en otros iguales que están en nuestra misma situación. Viviendo con incertidumbre la pandemia de un virus desconocido que nos ha marcado y seguirá marcando la agenda durante algún tiempo.

Un tiempo en el que nos hemos dado cuenta de la importancia de ser felices y sentirnos seguros en nuestra propia casa. De reforzar lo que compartimos y aparcar lo que nos divide para construir un espacio agradable de convivencia. Un tiempo de reflexionar sobre nuestras necesidades y de organizarnos de acuerdo a una realidad que ni esperábamos ni deseamos.

Igual que hay una hora para los aplausos la hay para otras formas de expresión. Mientras respetemos la libertad de los demás, cada cual puede reclamar lo que entienda que le corresponde. Pero el aplauso sanitario no es una forma de apoyo al gobierno. Al menos no lo es en mi casa. Ni lo hacemos como un gesto político. Entendemos que es un gesto humano, una expresión colectiva de apoyo mutuo en una situación muy difícil que afecta a todos los seres humanos que habitamos este planeta. Los aplausos de las ocho no lo van a resolver, pero nos ayudan a mantener el ánimo y canalizar la frustración que provoca esta situación.

Sí. Ahora podemos salir una vez al día, durante una hora a un kilómetro de casa. Pero el riesgo sigue presente. Sin tratamiento ni vacuna. En cualquier momento podemos acabar contagiados y necesitar la atención sanitaria de esos profesionales que nos han ayudado a superar el primer impacto de esta pandemia global de la mejor manera posible. Que seguirán trabajando día a día para atender los cientos de miles de contagios que seguirán ocurriendo de aquí hasta que encontremos una solución a esta amenaza de dimensiones planetarias.

No es obligatorio aplaudir a las ocho. Tampoco está prohibido. Sí, el aplauso del domingo 17 de mayo ha sido muy emotivo. Pero no creo que sea el último. No lo será en mi casa. Si los niños deciden salir al balcón esta tarde saldré con ellos. O quizá sea a mí al que le apetece mantener ese momento de conexión con mi barrio. O de desconexión. De salir a la ventana y mirar el mundo sin los filtros que imponen los intereses de los medios de comunicación.

Así pues, como dice la canción infantil: si tienes muchas ganas de aplaudir, no te quedes con las ganas de aplaudir.

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