El teatrillo del mantero, versión verano.

marioneta

El escenario es un pueblo de costa, más o menos turístico. La escena se repite cada verano. Un grupo de personas, más o menos numeroso según lo turístico del municipio, despliega sus mercancías a lo largo del paseo marítimo. Sobre una manta ofrecen zapatillas, camisetas, sudaderas, gorras… mercancías varias que atraen la atención de los más consumistas. Marcas a buen precio para quienes compran logotipos.

A una señal comienza la estampida. Según la distancia al foco de peligro, los comerciantes recogen sus mercancías con más o menos prisa. La técnica está bastante depurada: tirando del centro de las cuerdas que van de esquina a esquina de la tela los productos quedan en un petate que se echa a la espalda mientras el vendedor se aparta del bullicio. Unos pasos en la oscuridad de un callejón cercano o en una zona de la playa que escapa de la iluminación de las farolas son suficientes, la mayoría de las veces, para escapar del peligro. Según salen del paseo marítimo los manteros se vuelven invisibles a la pareja uniformada que avanza tranquilamente.

En cuanto la policía local abandona el escenario, vuelta a la faena. Se despliegan de nuevo las mantas, se coloca el género y se reanuda el regateo. La huida se escenificará varias veces a lo largo de la noche. Todas las noches del verano.

En algunos casos un comprador confundido será increpado por los agentes para que delate a quien le está vendiendo una copia de una película especialmente reciente o un atractivo dispositivo electrónico. Los policías irán detrás del vendedor y le requisarán la mercancía. Otras veces sacarán las porras a pasear para amenizar el espectáculo. Quizá con alguna denuncia para el sorprendido turista que se atreva a inmortalizar la escena con su cámara.

El teatrillo sigue año tras año. Cambian algunos de los nombres que se leen en las codiciadas camisetas, se actualizan los modelos de zapatillas, aparecen nuevos aparatos electrónicos y se suceden los títulos de las, cada vez menos presentes, películas y discos de música. Pero el teatro es el mismo.

Se prepara a unos pocos metros de allí, al final de la tarde, cuando empieza a bajar el calor. Decenas de personas marchan en procesión con su carga al hombro de camino al paseo marítimo. Salen de una nave, un local comercial o una furgoneta donde alguien les ha facilitado la mercancía. Los vecinos del pueblo, la policía local y cualquiera con un poco de interés se ha fijado en ese detalle. ¿Cómo podrían identificar al titular del lugar del que salen los actores de nuestro teatrillo? ¿Por qué no investigar a esos agentes secundarios que se ocultan a los ojos del público?

La carga llega hasta allí en camiones que vienen de un lugar mayor donde se descargan los contenedores que traen las zapatillas, las camisetas y los cacharros electrónicos desde alguna otra parte del planeta. Contenedores que viajan en cargueros y pasan aduanas antes de que su mercancía termine en la manta.

Las camisetas tuvieron que ser confeccionadas en alguna parte. Quizá una fábrica con mano de obra barata. Tal vez en la misma o en una del mismo pueblo donde se fabrica una tirada limitada de las zapatillas que tendrán el beneplácito de la marca para ser oficiales. Tal vez en la que está preparándose para ser el siguiente fabricante oficial, o en la que, en esta ocasión, no llegó a sacar a tiempo el pedido de la marca.

Da igual, hay un mercado secundario capaz de asumir todas esas zapatillas, camisetas, gorras, juguetes y pequeños electrodomésticos que no pasaron el corte del mercado formal.

Millones de personas que, en todo el mundo, anhelan llevar puestos los vistosos logotipos que visten sus personajes famosos favoritos y aparecen en campañas publicitarias que prometen el éxito y la felicidad eternos a cambio de un precio que… espera, en este mercado secundario el precio no será un factor limitante.

Pero… un momento ¿Quién dará salida a unas mercancías que oficialmente no existen? Montemos un pequeño teatro. Sumemos a las condiciones precarias de quienes confeccionan las prendas una red de distribución paralela de vendedores. Una infraestructura comercial que no cotiza a la Seguridad Social y no paga impuestos a Hacienda. ¿Cómo la hacemos funcionar? Con gente sin papeles que, oficialmente, no está en el lugar que habitan. Personas que llegaron buscando un trabajo, con su contrato y su nómina, pero se ven convertidas en esclavos de un teatro que los necesita sin derechos.

Cada tarde van al almacén de alguien en un pueblo costero a recoger mercancía importada y a ponerla durante unas horas a disposición de los turistas, delante de los agentes locales, los vecinos y cualquiera que quiera participar en el teatro. Un teatro que amplía los horarios comerciales, la gama de productos y los beneficios de quienes, oficialmente, tampoco participan ni ganan dinero con la función. A los que la prensa no puede señalar por fraude fiscal. De quienes nos tienen despistados mientras intentan que todos trabajemos como manteros y gastemos como turistas.

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