¿Somos consecuentes con lo que le exigimos al periodismo ambiental?

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De vez en cuando me descuelgo en el blog con algún comentario más o menos duro con el periodismo de información ambiental. En mi favor diré que, bien por motivos profesionales, bien por amistad, bien por una surtida colección de casualidades de la vida, me relaciono frecuentemente con periodistas de formación y ocupación, la mayoría dedicados al sector ambiental.

Hace unos meses asistí a una reunión de profesionales de distintos ámbitos de la consultoría y auditoría ambiental con dos periodistas de información ambiental. Uno de ellos lanzó la pregunta que encabeza esta reflexión. Al principio creí que se trataba de una pregunta inocente, pero al final de la reunión pude comprobar, por el comentario de su compañera, que había algo más. Así que, con un poco de retraso y organizando algunas de las ideas que pude compartir con los asistentes a aquella reunión, antes y después del reproche por alguno de los artículos de este blog, comparto unas reflexiones al respecto.

¿Soy consecuente con lo que le exijo al periodismo de información ambiental?

La primera cuestión sería tener claro qué se le pide al periodismo de información ambiental. Personalmente creo que es deseable que los contenidos informativos publicados por un periodista sean independientes, objetivos y que presenten la información ambiental con rigor. Así que vamos por partes.

Independencia: quizá sea la mayor de las utopías. Todos somos dependientes de quien nos paga la nómina y sus clientes -que en ocasiones son la misma cosa-. Y los usuarios del periodismo de información ambiental no solemos ser los clientes de los medios. Vale que paguemos un precio más o menos simbólico por la prensa escrita, pero la mayor parte de la información periodística que consumimos nos llega de un modo más o menos gratuito por radio, televisión, Internet… Así pues el cliente, el que paga la fiesta, es otro: el anunciante. ¿Podemos pedirle a los periodistas de información ambiental que muerdan la mano que les da de comer?

La cuestión es compleja ya que el greenwashing es una estrategia bastante extendida en el sector empresarial: en vez de hacer las cosas bien pagamos publicidad verde para que parezca que somos muy buenos. Ejemplos hay muchos, pero podemos quedarnos con los millones de euros que, a cuenta del fraude en las emisiones de los vehículos, gastarán en publicidad las compañías automovilísticas en los próximos meses. ¿Algún medio y sus periodistas puede obviar esto y lanzarse a recopilar información y datos para llegar al fondo de la cuestión? Quizá es mejor esperar tranquilamente en la oficina y reproducir las notas de prensa que van llegando de un lado y de otro.

Objetividad: una vez que aceptamos que el cliente siempre tiene razón resulta complicado que se contraste la información. Con un “según la empresa”, “según el Gobierno” repetimos la nota de que el gabinete de turno ha elaborado cuidadosamente para trasladar al público un determinado discurso. Como que los vehículos trucados por Volkswagen son seguros y aptos para circular. O como que nos tenemos que alegrar si se reciclan más latas que el año pasado.

Así pues, el periodismo, cada vez más, sólo nos hace llegar una cara de la moneda: la del que paga. En medio ambiente suele ser el que tiene algo que ocultar o quiere imponer una forma de hacer las cosas que va en contra del interés general. Lo preocupante es que los mayores anunciantes del sector estén comprando periodistas y espacios publicitarios con dinero de todos y cada uno de nosotros.

Rigor: quizá la clave esté en este punto. Vale que el periodismo dependa de su fuente de ingresos, que nos presente una visión de la realidad segada por los que pagan… pero lo doloroso es que, encima, nos mientan. Vale que cuando a uno le pagan por reproducir el discurso del patrocinador no hay espacio para la creatividad. Pero es que recientemente hemos visto cómo lo que se hacía era cuestionar y ridiculizar datos e instituciones oficiales sin fundamento.

Y no es sólo la fuente de ingresos. También está en juego el acceso a la propia información. Se imaginan que un medio no pudiese acceder al estadio Santiago Bernabéu o no estuviese al día de la vida de Cristiano Ronaldo. Pues  resulta que el presidente del Real Madrid también es propietario de empresas que se lucran con la nefasta gestión de residuos de los representantes de la voluntad popular o las  malas decisiones en materia de almacenamiento submarino de gas. ¿Algún periodista va a dejar sin trabajo a su compañero por informar rigurosamente sobre las causas de la escasa frecuencia de la recogida de las papeleras de tu barrio? Florentino nunca pierde.

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En la cesta del rigor también podríamos incluir el uso indiscriminado de términos como sostenible, ecológico, etc… para cosas que no lo son. Sin entrar en aspectos técnicos, que para eso están otros profesionales, si el periodista no utiliza adecuadamente el vocabulario de su ámbito de especialización y se dedica a vaciar de contenido las palabras clave, apaga y vámonos.

Información ambiental: para mi gusto, como profesional de la información ambiental que he sido, me inquieta la banalización de un derecho conquistado por los ciudadanos de la Unión Europea. Información ambiental es una cosa concreta y periodismo sobre medio ambiente, periodismo ambiental, o cualquiera de las miles de etiquetas que se le puedan poner, otra distinta. Ya me gustaría que los periodistas ambientales estuviesen aireando la información ambiental. Pero no es así. Y mira que es fácil encontrar incoherencias jugosas en los datos publicados por la Administración. Más cómodo y lucrativo parece reproducir notas de prensa.

La cuestión, aclarado lo que me gustaría encontrar en el periodismo (de información) ambiental ¿qué hago por conseguirlo? ¿Soy consecuente? Está claro que poner el dedo en la llaga no es suficiente.

El periodismo está en crisis. Como todo lo demás, todo sea dicho de paso. Pero si hay un colectivo profesional que se queja de la situación económica y del deterioro en las condiciones laborales, sin lugar a duda es el de los periodistas. Las personas que consumen información en papel van siendo cada vez menos y la inmediatez que permiten las tecnologías de la información y la comunicación hacen que muchos medios tradicionales estén perdiendo audiencia. O repartiéndola entre una, cada vez mayor, diversidad de opciones que tienen saturado al consumidor de información.

Así pues, como consumidor, tengo la responsabilidad de elegir ¿dónde pongo mi dinero? ¿en medios tradicionales que no se han adaptado a los nuevos tiempos y que fuerzan la precaridad laboral de los periodistas? ¿en los productos de los anunciantes que financian esos medios?

Quizá mi suscripción a Ballena Blanca no sea más que un granito que no hace granero, pero ayuda al compañero. También procuro seguir en redes sociales a los periodistas ambientales que más respeto me merecen y compartir sus actualizaciones. Quizá debería dejar de generalizar y centrarme en estos profesionales, me lo apunto como propósito de en enmienda.

Procuro informarme en medios especializados que abordan con rigor la actualidad del agua, los residuos… y compartir las noticias que me parecen interesantes sobre procedimientos relacionados con evaluación y autorizaciones ambientales, novedades legislativas, etc. Suelo estar dispuesto a conversar, intercambiar ideas y debatir con los periodistas ambientales con los que coincido en saraos varios o con los que quedo expresamente para compartir inquietudes y cafés cuando las obligaciones nos lo permiten. Para leer opinión sobre medio ambiente sigo a personas que que publican en sus propios espacios y en su nombre, más o menos libres de presiones económicas, sobre los temas que les preocupan, sean o no periodistas.

También me gustaría que el periodismo ambiental fuese consecuente. Que supiese separar información de publicidad y opinión de discurso corporativo.  Que fuese una herramienta para ayudar a formar una ciudadanía crítica, informada y capaz de estar al nivel de los desafíos ambientales que estamos enfrentando como especie. Quizá así podríamos desplazar la masa de recursos económicos a opciones más sostenibles, que demandasen más y mejores profesionales de lo ambiental (incluyendo periodistas). Mientras tanto estamos en manos de la propaganda, y para dedicarse a eso no es necesario estudiar periodismo.

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