MBA, cuanto daño has hecho.

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Leo con pena los, cada vez más frecuentes, testimonios de personas que reniegan de su título universitario.

Lilian García todavía no ha rebajado sus expectativas. Aunque admite que, si pasa más tiempo, y sobre todo ahora que ni su padre ni su madre tienen empleo, tendrá que claudicar. Al menos en parte. “¿Por qué nadie me explicó que esta carrera [Ciencias Ambientales] no tenía futuro?”, se pregunta con rabia.

Hace unos años, un titulado frustrado era carne de máster. La universidad no te prepara para desempeñar un determinado puesto de trabajo, tienes que estudiar un MBA: nos pagas un pastizal y nosotros te garantizamos seis meses de prácticas en la empresa que, curiosamente, dirigen los que van a ser tus profesores. Total, que salimos de los noventa con la mayoría de los puestos de mandos intermedios y directivos cubiertos o a punto de cubrirse por titulados frustrados que habían pagado por conseguir ese puesto de trabajo. Y en muchos casos a la sombra de la persona que les había deformado la mente. La recompensa: coches grandes, abultadas hipotecas… gomilonas, golf y pádel en horario de trabajo a cuenta de la empresa.

Ahora estamos en una época de crisis y toca justificarse. El título del artículo en prensa no tiene desperdicio: “La sobrecualificación sale cara: se pierde competitividad y productividad”. ¿Nos hemos parado a pensar quién y cómo mide los parámetros de competitividad y productividad? Porque la cuestión es ¿quién tiene la culpa de la poca competitividad y productividad de nuestra economía? ¿las personas que libremente deciden hacer uso de su derecho a la formación? ¿o los responsables que no son capaces de gestionar los recursos y planificar adecuadamente el trabajo?

Es evidente que se quiere aprovechar la crisis para recortar derechos ciudadanos y reducir gasto público. Y entiendo el ataque a la universidad pública: cuanto menor sea el perfil académico de la mano de obra, y de la sociedad en general, menos exigentes en prestaciones sociales y salarios. Más fáciles de manejar en la empresa y en los procesos electorales. Para algunos es la única manera de seguir manteniendo las prebendas  familiares heredadas de la edad media. Pero la formación universitaria no es un capricho ni un privilegio, es un derecho al que, desgraciadamente, sólo siguen accediendo unos cuantos afortunados. Seguiremos hablando del tema, la úlcera lo pide.

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