Saviano y la gestión de residuos: Gomorra.

Acabo de terminar de leer “Gomorra” el libro de Roberto Saviano. Había tenido curiosidad, sobre todo a raíz de aquellos incidentes con la recogida de basura. La definitiva fue hace unas semanas. No tanto por las noticias de la gestión patria de residuos como por la señal: esa contraportada de una edición de bolsillo que, desde la estantería de un centro comercial, me susurraba a la altura de la vista:

“La Camorra napolitana, el Sistema, es una organización empresarial con ramificaciones por todo el planeta, incluyendo muchas ciudades españolas. Se ocupa de negocios muy diversos: desde la industria textil hasta el reciclaje de residuos, pasando por la droga o la especulación urbanística.”

La lectura no defrauda. Escéptico como siempre, he tenido que llegar hasta el final para encontrar el premio:

“Una de las mayores habilidades de los stakeholders es la de saberse de memoria el CER y comprender cómo manejarse con él. Eso les permitía saber cómo tratar los residuos tóxicos, cómo eludir las normas, cómo ofrecer a la comunidad empresarial atajos clandestinos.”

No he podido más que sentirme identificado. Nunca conseguí lucrarme prestando, durante procesos de auditoría, el sonrojo de mis mejillas y conocimientos del Catálogo Europeo de Residuos a empresarios cuya única obsesión era conseguir el sellito, sin importar el comportamiento ambiental de sus organizaciones. Del cumplimiento normativo mejor no hablamos, claro está.

El éxito de Gomorra, según el propio Saviano, no está tanto en lo que ha escrito como en la difusión que ha tenido:

El libro gusta a la crítica y a los expertos, pero también a los chicos de los clanes de Nápoles, generalmente poco habituados a leer. “Lo más hermoso”, dice, “fue ver a los camellos de Secondigliano (barrio de Nápoles controlado por la Camorra) con mi libro en las manos”.

Gomorra es un ensayo novelado cuya lectura en el metro puede llegar a ser un poco complicada, sobre todo si uno quiere estar atento a los detalles: el texto está salpicado de listados de nombres de municipios y personas sobre las que el autor cuenta todo tipo de detalles morbosos. Por cierto, no voy a ver la peli. De Gomorra quiero quedarme con lo que tiene de generalización. No me interesan tanto los ríos de sangre en la Caserta italiana como la extrapolación que puede hacerse de lo que allí ocurre a cualquier ámbito de mi vida como trabajador, consumidor… persona que subsiste en el mundo que nos ha tocado vivir.

Teniendo en cuenta que lo que se relata hay que encajarlo en un contexto global, en la globalización del tráfico de capital y mercancías en un mundo de personas esclavas del lugar donde cobran la nómina a fin de mes, creo que no merece la pena quedarse con los detalles escabrosos. La lectura del libro es interesante como reflexión sobre algunos conceptos que tenemos implantados en el imaginario colectivo:

“Sistema, un término que aquí todo el mundo conoce pero que en otros sitios todavía no ha sido descifrado, una referencia desconocida para quien no está al corriente de las dinámicas del poder de la economía criminal. Camorra es una palabra inexistente, de policía. Utilizada por jueces y periodistas, y por guionistas. Es una palabra que hace sonreír a los afiliados, es una designación genérica, un término de estudiosos, relegado a la dimensión histórica. El término con el que se refieren a sí mismos los pertenecientes a un clan es Sistema: «Pertenezco al Sistema de Secondigliano». Un término elocuente, un mecanismo más que una estructura. La organización criminal coincide directamente con la economía, la dialéctica comercial es la osamenta del clan.”

Es un libro es un tratado sobre los incentivos perversos y externalidades en la economía real. Nada de constructos teóricos como el mercado ideal ni lindezas por el estilo con las que anestesian al personal en las escuelas de negocios: una oda al freerider. Solemos pensar que las personas que forman organizaciones terroristas, clanes mafiosos o tramas de corrupción y espionaje son mala gente, tarados mentales…

“No es el cine el que escudriña el mundo criminal para captar los comportamientos más paradigmáticos. Sucede exactamente todo lo contrario. Las nuevas generaciones de boss no tienen una trayectoria típicamente criminal; no se pasan los días en la calle imitando al chulo del barrio, ni llevan un puñal en el bolsillo, ni tienen cicatrices en la cara. Miran la tele, estudian, van a la universidad, se gradúan, viajan al extranjero y, sobre todo, se dedican al estudio de los mecanismos de inversión.”

El libro de Saviano muestra cruda y amargamente la naturalidad con la que se diluyen los límites cuando todo se mide en términos de éxito y fracaso. Gomorra también va de lo ingenuo que resulta confiar ciegamente en las instituciones, de lo fácil que es romper las reglas que mantienen el juego del interés colectivo en favor de un interés particular:

“Allí donde haya un espacio con un propietario puede haber un vertedero. También son elementos necesarios para el funcionamiento de todo el mecanismo los funcionarios y empleados públicos que no controlan ni verifican las diversas operaciones, o conceden la gestión de canteras y vertederos a personas claramente integradas en organizaciones criminales. Los clanes no tienen que hacer pactos de sangre con los políticos, ni aliarse con partidos enteros. Basta con un funcionario, un técnico, un empleado, con cualquiera que desee aumentar su sueldo, y para ello, con extremada flexibilidad y silenciosa discreción, se las arregle para que el negocio salga adelante en provecho de todas las partes implicadas.”

Me pasaría toda la tarde citando trozos por el método copia pega de la versión digital con la que me he tropezado buscando  alguno de los enlaces de esta entrada, pero te dejo este último párrafo y me voy a atender mi vida 1.0:

“Tenía las manos rojas y los nudillos agrietados. Como a todos los camioneros que se pasan horas al volante, se le helaban las manos y tenía mala circulación. La expresión de su cara no era serena, había escogido ese trabajo por despecho, por despecho a su destino, una patada en el culo a su vida. Pero era imposible seguir soportándolo, aunque mandarlo todo al diablo significaba vivir peor. Mientras comíamos, se levantó para ir a saludar a unos amigos. Dejó la cartera encima de la mesa. Vi sobresalir una página de revista doblada en cuatro. La desplegué. Era una foto, una portada de Angelina Jolie vestida de blanco.”

No tengo muy claro si colocar a Saviano entre las lecturas de Margalef, Naredo y Azqueta que cualquier ambiéntologo que se precie tiene en su estantería, o si clasificarlo entre las lecturas conspiranoicas que todo el mundo debería leer en el metro, camino al trabajo, tales como “La sociedad de control” y “Copia este libro“.

10 comentarios

  1. Pues yo he hecho al revés: me vi la peli y tengo el libro en cola de espera. Es mejor así, porque, ya sabes, a veces las pelis defraudan. Aunque con ésta no creo que te sucediera. Un beso.

  2. Gracias Noe, lo mismo la pongo en la lista de espera… las de tiros me dan mucha pereza, sobre todo si hay sorpresas sangrientas, que me imagino que hay alguna ¿no?

  3. ah! blasfemia! ¿al lado del Margalef? jejejeje!

    Aún no me he leído el libro y eso que me lo llevan recomendando desde hace tiempo. Tu post me ha convencido definitivamente 😉

  4. Pues no sé qué contestarte, porque, como no he leído el libro, no sé si la peli sorprende o no con respecto a. Una cosa te digo: yo soy bastante miedica y, aunque no lo creas, las escenas de violencia me impresionan mucho, pero en esta pelí no sufrí demasiado. Las imágenes no son tan fuertes como el contenido. Besos.

  5. IrA: Vale, no se puede poner a Margalef con el resto, pero entre Naredo y Azqueta sí.

    Noe: Ya contaré cuando la vea, está en la lista de espera… a ver si la traen a la biblioteca del barrio.

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