Durban no decepciona y el clima no espera.
Antes de empezar, la cumbre de Durban se anunciaba como otra reunión fracasada. De un tiempo a esta parte es así, por lo que un acuerdo descafeinado que sigue aplazando los compromisos importantes ya no decepciona a nadie. De fondo el problema de siempre: comprometerse a reducir las emisiones es visto por muchos países como una amenaza al desarrollo.
La cuestión sigue siendo ¿qué modelo de desarrollo queremos? ¿Un desarrollo que cada vez mata a más personas? Con un clima cada vez más cálido, el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero y ante una inminente disminución en la disponibilidad de combustibles fósiles, es tiempo de adaptarse. El clima no va a esperar que los representantes de los países entiendan la gravedad de las evidencias científicas. Los delicados equilibrios que regulan las condiciones de vida en nuestro planeta no entienden de mercados, fronteras ni compromisos internacionales.
Pero existen alternativas. Están encima de la mesa. Hemos conseguido definir el desarrollo sostenible y existen formas de aprovechar la energía solar, en sus distintas manifestaciones, para mantener una calidad de vida conseguida a través de milenios de evolución de la especie humana.
Tal vez es momento de tomar conciencia de que cada grado importa, que vivimos en un modelo que no tiene arreglo y que es hora de empezar a hacer las cosas de una forma distinta, asumiendo nuestra responsabilidad individual en lugar de esperar de brazos cruzados a que nos traigan, de la próxima reunión internacional en algún lugar remoto, una solución milagrosa que no existe.
El bosque azul está en el lado oscuro.
El greenwashing, esa técnica que consiste en hacer un lavado de cara verde sin dejar de contaminar, apesta. Tanto que se ha quedado fuera de moda: ya no mola. Las mismas empresas que han conseguido quemar la "publicidad verde", y de la mano de planteamientos como el de Gunter Pauli, se lanzan a la conquista de nuevos colores: es el momento del bluewashing.
Hace ya unas cuantas décadas, la Unión Europea tuvo que aprobar reglamentos, de cumplimiento voluntario, que garantizasen el correcto uso de palabras como ecológico, biológico y orgánico para evitar la publicidad engañosa. Pero todavía hay un gran número de organizaciones que prefieren ignorar la legislación ambiental, seguir produciendo barato a costa de lo que sea y atraer al consumidor con publicidad engañosa.
Ejemplos cercanos de bluewashing tenemos dos. El primero es el de Volkswagen. Este fabricante de coches está boicoteando desarrollos normativos relacionados con la reducción de gases de efecto invernadero procedentes de la automoción. En particular, según la campaña de greenpeace, que suma ya más de 230.000 seguidores:
- Volkswagen gastaría millones de euros al año en financiar grupos de presión que están tratando de impedir que Europa fortalezca su compromiso de reducción de gases de efecto invernadero del 20% al 30% para el año 2020.
- Volkswagen se opone a unos estándares europeos ambiciosos de eficiencia en el uso de carburante de los coches, medida necesaria para reducir la dependencia del petróleo.
- Volkswagen dice que quiere ser "el fabricante de automóviles más respetuoso con el medio ambiente de todo el mundo", pero los modelos más eficientes solo representaban el 6% de sus ventas en 2010.
A pesar de estas prácticas, manifiestamente contrarias a un compromiso de protección ambiental, la empresa Volkswagen tiene una campaña "azul", totalmente infantilizada, en la que nos vende sus esfuerzos por reducir las emisiones CO2 ¿En qué quedamos? ¿Estamos comprometidos con la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero o sólo con pagar publicidad para llegar al público infantil y a sus papás a través de la publicidad de la película de Los Pitufos? Definitivamente, el bosque azul de Volkswagen está en el lado oscuro de la fuerza.
El otro ejemplo inmediato es el de Endesa, quien, anda buscando, a cambio de dinero, quien hable bien de su "actitud azul" en la blogosfera ambiental. No está mal para una empresa que, gracias a las medidas desarrolladas por un expresidente del gobierno al que ahora cobija en sus filas, está fomentando la pobreza energética en nuestro país y mantiene un modelo de negocio que impide el desarrollo de alternativas más sostenibles, más respetuosas con el entorno y más justas social y económicamente.
No voy a ser tan reaccionario como para decir que la "Economía Azul" no aporta nada nuevo, pero no está de más recordar que la definición de Desarrollo Sostenible del Informe Brundtland, de 1987, ya incluía la necesidad de incluir las variables social y económica, junto a la ecológica, en el modelo de desarrollo:
Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades
de las del futuro para atender sus propias necesidades
¿Cómo andará la circulación termohalina?
Est
e invierno, en que las nevadas y los fríos invitan a pensar que la cumbre de Copenhague y el calentamiento global son un paripé para que los políticos y los ecologistas pasen unos días entretenidos montando circo mediático, me acuerdo con frecuencia del documental "La corriente del Golfo y la nueva glaciación".
La corriente del Golfo y la circulación termohalina juegan un papel importante en la distribución de temperaturas que actualmente disfrutamos en el planeta. Entre otras cuestiones, permiten que en Europa tengamos, a la misma latitud, inviernos mucho más suaves de las que disfrutan en el norte del continente americano.
Son muchos, variados y con relaciones complejas, los factores que influyen en las corrientes y dinámica oceánica, pero parece ser que el calentamiento global y la disminución de la salinidad oceánica asociada a la disminución de las grandes masas de hielo, pueden alterar sensiblemente, durante el siglo que vivimos, la trayectoria de las corrientes oceánicas y, con ellas, la distribución de temperaturas en el planeta.
Pese a los negacionistas y sus argumentos, parece que estamos afectando nuestro clima de manera irreversible. Lo malo es que no sabemos calcular ni la magnitud de los impactos, ni cuando o como se manifestarán. Por eso, cuando veo estos días los infoxicativos de televisión, lejos de tranquilizarme pensando que las nieves de este invierno son una prueba de que el cambio climático es un cuento chino, me asalta la inquietud: ¿estoy preparado para asumir los efectos de un inminente cambio global?
Cambio climático, sin excusas
La ONU lo tiene claro: el calentamiento del planeta y la influencia humana en el proceso son indiscutibles, tanto como que detener las tendencias de calentamiento global es el principal desafío al que nos enfrentamos actualmente.
Esta afirmación se sostiene en el trabajo de más de 3.750 personas de más de 130 países que participan en el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC).
Independientemente de la postura de la ONU, un tema tan complejo como este siempre podría dejarnos un cierto margen para el escepticismo, la amarga polémica y, sobre todo, la incertidumbre.
En cualquier caso, para entender la magnitud del problema, incluyendo las evidencias, impactos y posibles soluciones, podemos visitar el resumen de los informes del IPCC. La documentación recoge la respuesta a las preguntas que solemos plantearnos sobre el cambio climático y la argumentación científica de las principales inquietudes que nos asaltan cuando se habla del tema.
Disminuir los efectos del cambio climático y cambiar la tendencia es cuestión de voluntad. No se trata de volver a las cavernas. Consiste en plantear correctamente los objetivos de desarrollo.
Los ciudadanos contamos con instrumentos que acreditan el mejor comportamiento ecológico de los productos que compramos, de los alimentos que consumimos o de las empresas en las que trabajamos. No es más que un pequeño paso, pero es lo que tenemos más a mano.
