Siete millardos ¡qué de cuantos!
Según las estadísticas, la población mundial llega estos días a los siete mil millones de habitantes (o, abreviando 7 millardos). Si bien es cierto que no se puede saber exactamente cuantos habitantes hay en el planeta, ni cuando se alcanzó o se alcanzará una cifra concreta de población, la gracia reside en el valor simbólico de asignar una fecha para el nacimiento de una persona a la que se la considerará el ciudadano 7.000.000.000 y su capacidad didáctica.
En esta ocasión, alrededor de la efeméride, distintas instituciones nos invitan a reflexionar sobre las implicaciones sociales, económicas y ambientales del crecimiento de la población mundial, así como de la velocidad con la que se está produciendo este crecimiento: se considera que hasta 1800 no se alcanzó el primer millardo de habitantes y que se tardó algo más de un siglo (alrededor de 1927) en duplicar esta cifra. El ritmo ha continuado acelerándose y los últimos mil millones de habitantes se han sumado en poco más de una década (de 1999 a 2011).
Pero... ¿Puede nuestro planeta soportar este ritmo de crecimiento? ¿Cuantos habitantes caben en La Tierra? La pregunta inquieta y las respuestas más. Básicamente es una cuestión de reparto. ¿Qué superficie del planeta se necesita para satisfacer mis necesidades, cubrir mis caprichos y asimilar los impactos que genera mi forma de vida? Las decisiones de cada uno de esos siete mil millones de personas condicionan cómo vive el resto y la capacidad de los próximos que vengan de vivir como nosotros lo hacemos.
Urge más que nunca reflexionar sobre la forma en la que satisfacemos nuestras necesidades, los procesos de toma de decisiones, el modelo de desarrollo... ¿queremos que el planeta soporte otros 7 mil millones de habitantes? Os dejo unos enlaces para reflexionar:
Debate energético sí, pero… con las personas.
Abro esta entrada para dar respuesta a una pregunta tuitera de @ivanroblesml, en relación a mi última nota sobre el modelo energético.
Si me preguntas "Crees que potenciará la producción de energías renovables en propiedades privadas? En casas por ejemplo? solar, eólica, etc?" la respuesta corta es que creo que no. Básicamente entiendo que la pregunta es en impersonal "¿se potenciará?". Pero ese "se" no existe. Oculta una serie de agentes que pueden hacer de la bonita promesa del modelo distribuido de producción energética una realidad más sostenible de la que vivimos ahora.
¿Quienes van a potenciar que cada edificio sea su propia central eléctrica? Desde luego no serán las empresas cuyo modelo de negocio consiste en mantener el control centralizado de la producción y la distribución de energía. Tampoco van a ser los partidos políticos, de alguna manera tienen que financiar sus campañas, garantizar la continuidad de los medios de comunicación afines... Sobre lo que cabría esperar de nuestros representantes, esos que cobran pensiones vitalicias en compensación por decisiones tomadas en favor del interés general, mejor una cita recordatorio:
...los ex presidentes del Gobierno José María Aznar y Felipe González, ‘fichados’ por las grandes compañías energéticas Endesa y Gas Natural Fenosa como asesor externo y como consejero, respectivamente, “tuvieron desde sus importantes cargos públicos mucho que ver en el rosario de privatizaciones que enajenaron el patrimonio público, a veces en condiciones muy oscuras. Tras ese pasado, su incursión ahora en el sector privado energético la considero éticamente reprobable”.
Así las cosas, es importante que las personas tengamos voz y voto en el debate energético. Sí, podemos despotricar en tuiter y crear grupos de feisfull en los que ponernos a parir entre nosotros. Argumentamos para demostrar quién es más afín a qué integrismo radical anti o pro nuclear. Pero la conversación debería ser otra: el camino de la autosuficiencia energética está abierto. Y podemos caminarlo, pero necesitamos hacerlo juntos. Las tecnologías para que cada hogar sea su propia central eléctrica están en la calle. Pero son caras y de disponibilidad limitada. Ni los principales agentes económicos, ni el poder político tienen interés en que eso cambie: nos proponen recetas cocinadas según sus preferencias y se las legitimamos con un voto cada cuatro años. Las opciones que están fuera de los intereses de mercado de las empresas que financian el poder y sus medios de comunicación afines no llegan al gran público, no se debaten y, por su puesto, no se subvencionan.
Tenemos claro qué es lo que quieren y están dispuestos a ofrecernos los distintos grupos de poder. El dinero público es un recurso escaso y debería destinarse al interés general. Empieza a ser hora de que el ciudadano individual se plantee qué es lo que necesita y cómo quiere resolver sus necesidades. Por todo ello, para saber si realmente existe algo distinto de lo que persiguen los grupos de poder y que podamos llamar interés general, tenemos que hacernos preguntas en voz alta y, si es preciso, salir a la calle a gritar las respuestas:
- ¿Queremos neumáticos eficientes o preferimos molinos de viento y paneles solares en las azoteas de nuestras casas?
- ¿Queremos mantener el empleo en la automoción basada en la combustión o aumentar la oferta de vehículos eléctricos?
- ¿Queremos seguir comprando petróleo caro o preferimos producir residuos radiactivos de alta actividad?
- ¿Queremos viajar más despacio a cambio de más días de vacaciones?
- ¿Queremos que nuestros funcionarios reciban cursos de Adobe® Photoshop® o que retoquen fotografía con software libre?
...añada aquí las suyas...
Esta tarde encuentro digital con Benigno Varillas en rtve.es
Hace unos días me perdí la presentación de la biografía de Félix Rodríguez de la Fuente publicada recientemente por Benigno Varillas.
Esta tarde tendremos la posibilidad de conversar con el autor a través del encuentro digital en rtve.
Será a partir de las 17:00, si bien ya se pueden dejar las preguntas en el enlace anterior y en la red muruna.
¿Recuerdas el 18 de julio de 2005?
Yo estaba becado por FIDA en un curso de verano. Se seguía con interés la evolución del incendio y sabíamos que había víctimas mortales por las que guardamos un minuto de silencio. Todavía no conocíamos su identidad. Poco después se confirmaría la sospecha: el incendio había segado la vida de algún conocido. Un compañero de la facultad. Julio y yo habíamos coincidido en algunas ocasiones. Como aquella entrevista en el despacho de Rosario Arévalo.
Los cargos políticos se recolocan con facilidad y los técnicos no dejan de ser esclavos de lo que hicieron mal otros, incluso cuando intentan echarle la culpa al retén de su propia suerte. ¿Dimisiones? Para que se hiciese justicia tendríamos que profundizar en décadas de gestión forestal deficiente. Tendríamos que revisar el poder de empresas con la capacidad hacer las leyes a la medida de sus clientes. Organizaciones que cuentan con una cantidad de puestos de trabajo que permite comprar la voluntad de colectivos profesionales. Y que disponen de recursos que silencian pueblos enteros. Habría que analizar una gestión y organización de trabajo tan deficientes que permiten errores imposibles.
Para hablar de justicia tendríamos que devolverle la dignidad a habitantes, hijos y nietos de comarcas que han sido despojadas de su territorio e identidad a golpe de medida compensatoria. Para que se hiciese justicia habría que dar voz a todos los que estaban allí aquellos días. Y aquellas noches. No a los 11 que se fueron, esos ya no pueden hablar. A los que, a pesar de todo, no les acompañaron.
A Julio se lo llevaron las llamas en Guadalajara. Unas llamas que deberían habernos iluminado el camino para luchar contra el clientelismo y el servilismo. El fuego asusta, da miedo, paraliza y hace callar. Tal vez se no consiga justicia. Pero podemos mantener vivo el recuerdo. Y no olvidar.
¿Para qué sirven las cámaras del metro?
Un individuo saca una navaja y la luce durante cerca de un minuto delante de una cámara, dentro de un vagón de metro. No ocurre nada. Sigue pasando el tiempo, el habitáculo se llena de gente y el tipo apuñala a otro. Allí, delante de la cámara. Durante un buen rato siete cámaras están gravando a la masa y al agresor. Hace algún tiempo otro episodio similar. Un individuo se lía a patadas contra una persona, el tren llega a la siguiente estación: no hay nadie esperando para detener al tipo, ni para atender a la chica. Es más, los medios de comunicación desplazan el debate a la pasividad del resto de los viajeros.
¿Para qué sirven las cámaras del metro? Me gustaría encontrar respuestas distintas a las que se pueden leer en libros como La Sociedad de Control. Menos privacidad, más intimidados y el transporte colectivo cada vez más caro, ¿se justifica la subida de precio con la dotación de medidas de vídeo vigilancia y contratación precaria de personal de seguridad? ¿para qué? Si un individuo puede estar durante un minuto en un tren con una navaja en la mano sin que el sistema de vigilancia intervenga, si alguien puede cometer una agresión y bajarse en la siguiente parada como si no ocurriese nada... está claro que no es la integridad del pasajero lo que se garantiza ¿qué vigilan esos miles de cámaras de seguridad?
Con ayuda de los medios de comunicación de masas está claro para lo que sirven: doctrina de shock. ¿Por qué ahora? Justo cuando empiezan a aparecer brotes verdes en la economía, cuando resulta que la nueva gripe no es una amenaza mortal en nuestra sociedad, cuando parece que se empieza a destruir menos empleo, parece que empiezan a bajar los precios de los pisos, en este fin de semana que todavía hay liga...
¿No tenemos derecho a un minuto de felicidad y esperanza? ¿O es que nos las tienen que dosificar? Me voy en bici, con independencia de que 500 moteros consigan más atención mediática que 2500 ciclistas. No me queda más remedio que ser testigo, pero no quiero ser cómplice.
¿te conozco?
Lorena lanza una encuesta en su blog con esta pregunta:
¿Participas en alguna red social donde no conoces a nadie físicamente?
Y no se muy bien qué responder, es más, se me ocurría un comentario outofftopicante del estilo ¿Conocer? ¿en el sentido bíblico de la palabra?
A día de hoy, en todas las herramientas sociales de Internet en las que participo conozco gente físicamente. Incluso hay herramientas en las que todos los usuarios a los que estoy conectado eran previamente conocidos. Pero no siempre fue así.
De un tiempo a esta parte utilizo Internet para comunicarme con gente a la que conozco, pero hubo un momento en el que no era común tener correo electrónico o utilizar herramientas sociales de Internet. Ahora algunos eventos familiares se organizan con ayuda de la red y las fotos se ponen a disposición de los compañeros de viaje por medios digitales. Poco a poco descubres, a base de ser etiquetado en las fotos del colegio, que todas esas personas a las que no mantuviste contacto analógico están al alcance del un golpe de ratón.
En la línea de la reflexión contactos vs interacciones, el correo electrónico siempre ha sido mi favorito. Las herramientas a través de las que más he interaccionado en Internet (con gente que conociese o no físicamente) siempre han sido las listas de distribución de correo electrónico.
Volviendo al asunto de personas que conozco físicamente en plataformas para redes sociales, depende el uso que haga de esas redes. Algunas tienen vocación de ser una lista de contactos multifuncional. La libreta de direcciones del correo electrónico, pero con fotos y apuntes sobre la vida de las personas con las que tengo algo que ver. Una agenda que (a cambio de mi privacidad) no se perderá, para siempre, la próxima vez que me cambien de dueño el teléfono móvil. Aquí cabe todo el mundo: puede que lo único en común sea la curiosidad por aprender a utilizar un programa para hacer música electrónica, la investigación sobre el origen de un apellido común o el haber pasado unos cuantos años en el mismo aula.
Es posible que algún día acuda a algún sarao por la curiosidad de conocer físicamente o por compartir algo de tiempo con gente con la que me relaciono en diferido a través de herramientas informáticas. ¿Eso cuenta como conocerlas físicamente? ¿es muy distinto de una cena de antiguos alumnos que llevan más de una década sin verse? seguro que quedar de forma presencial sirve para hacer química, pero... ¿por qué invitan a cenar unos tipos cuyo blog leo de vez en cuando? ¿qué relación necesito tener con la persona que desarrolla un software que traduzco a mi idioma?
Como reflexión y para ir terminando, las redes sociales en Internet, para mí, son, básicamente, una herramienta de comunicación. Me dan la posibilidad de mantener contacto con personas (o perfiles, ¿la diferencia importa en según que casos?) con las que, seguramente, no interactuaría de otra manera y con otras con las que normalmente me relacionaré sin necesidad de acudir a esas herramientas sociales. Es posible que algunas de las relaciones que he establecido a través de Internet no tengan sentido fuera de la red. No digo que sean relaciones ficticias o que no jueguen un papel importante. Es sólo que, para un tipo en cuya religión no existe second life, hay muchas formas distintas de interaccionar en first life.
El impacto del hombre coherente.
Él mismo recoge en su propio blog la sensación que está causando en los medios españoles. Parece que todo empezó con un artículo en La Vanguardia el pasado lunes 19/01/2009:
"Lo conocen, en definitiva, cientos de miles de lectores, telespectadores e internautas que han seguido paso a paso el experimento de este vecino de Gante de 48 años: reducir al mínimo su llamada huella ecológica en el planeta durante un año. En concreto, hasta 1,6 hectáreas, el espacio que corresponde a cada ser humano para un desarrollo sostenible. La huella ecológica mide el impacto vital de una persona sobre el planeta para satisfacer sus necesidades de consumo y absorber sus residuos. Es tan desigual como la vida: 0,9 hectáreas para un indio, 9,7 si vives en EE. UU. y 5,7 en el caso de los españoles."
El experimento protagonizado por Steven Vromman - el Hombre de Bajo Impacto (HBI)- pretende mostrar cómo sería la vida de una persona que se plantease reducir su huella ecológica hasta un límite sostenible. Esto implicaría satisfacer nuestras necesidades presentes de modo que cada habitante del planeta tener nuestro mismo nivel de vida y sin comprometer los recursos necesarios para que las generaciones futuras puedan satisfacer sus necesidades.
Acostumbrados como estamos, en esto del comportamiento ambiental, a titulares que se centran en lo anecdótico, es interesante ver que la entrevista la importancia de no quedarse en lo superficial:
"El HBI sopesa, anota y calcula la huella que dejarán cada uno de sus pasos, pero sin volverse loco: "Hay quien me pregunta qué es mejor, usar una cerilla o un encendedor... Es irrelevante, lo importante son los cambios de verdad", comenta. Los mayores ahorros de energía los ha logrado renunciando al coche en favor del transporte público, bajando la calefacción y aislando suelos y ventanas."
Otro aspecto a destacar es que Vromman no está reduciendo su huella ecológica a base de renunciar a la tecnología:
"Tiene ordenador, móvil y un reproductor de música que se carga a mano, porque "ser un HBI no significa volver a la edad media", explica mientras saborea una taza de té en su casa, un loft de 80 metros cuadrados en una antigua fábrica donde el termómetro rara vez sobrepasa los 15 º C."
Las mayores reducciones de su huella ecológica vienen de renunciar a ciertos convencionalismos sociales que aumentan nuestra huella ecológica de forma insostenible. Por supuesto, no podríamos vivir infinitamente reutilizando ropa, pero podríamos plantearnos si merece la pena alardear de modelito nuevo cada temporada:
"Compras, las justas. Nada de ropa nueva. Desde mayo, sólo ha adquirido un pantalón de segunda mano y unas zapatillas para correr. Un estilo de vida, sin duda, más barato y que deja menos residuos. La rebaja en el consumo de agua ha sido brutal: sólo abre el grifo para beber y cocinar. No se ducha. Se lava con agua de la lluvia, sin gel ni champú. "¿Nadie lo diría, eh?". Pues no... "El champú altera el equilibrio natural de la piel. Cuando dejas de usarlo, lo recupera. Pero me lavo con agua y jabón, y uso pasta de dientes"."
Otra cosa curiosa es el asunto del trabajo. De una parte momento para la empatía:
"No deja de ser irónico que después de trabajar durante años en una consultora de temas medioambientales, sus consejos nunca hayan tenido tanta atención como cuando ha dejado de trabajar... "Es algo de lo que el movimiento ecologista también debe aprender, no basta con dar cifras"."
De otro algo que nos temíamos, hay que trabajar menos para disminuir la huella ecológica:
"ser un HBI es "difícil de combinar con un curro a tiempo completo". No frecuenta los supermercados convencionales."
""No compro productos congelados ni procesados, así que cada dos días tengo que ir a comprar leche, pan... Eso lleva tiempo". Los pocos envases que acumula se reutilizan para hacer la compra o poner el almuerzo de sus hijos. Van a la escuela en Gante, donde muchos centros han prohibido el papel de aluminio o de plástico para envolver comida."
Como no podría ser de otra manera, y a pesar de que nos lo intenten vender como ejemplo a seguir, alguno se pregunta si el experimento del Hombre de Bajo Impacto es sotenible a largo plazo:
"¿Qué pasará en mayo, cuando el experimento llegue a su fin? "Pienso mucho en eso. Creo que, siendo menos estricto, seguiré haciéndolo casi todo, porque no hay nada que eche terriblemente de menos". Quizás alguna ducha. O comprar el periódico. "Si logro aislar el tejado o poner un calentador solar, igual puedo permitirme algún lujo...". Ser un hombre de bajo impacto no sólo es bueno para el planeta, sostiene: "El que más gana con la vida de bajo impacto soy yo. Es más sano, más barato, mas tranquilo, mejor"."
Si te interesa el tema, aquí tienes un par de enlaces:
este para calcular tu huella ecológica
este para conocer los retos a los que nos enfrentamos con el cambio global
El hombre de la bici del millón de dólares
El día de hoy podría haber pasado a la historia como aquel en que descubrí, sin mayores consecuencias, la parte que el ciclismo urbano tiene de deporte de contacto. Pero como la sucesión ecológica existe y es buena, el 6 de noviembre de 2008 quedará en el recuerdo como el día en que conocí al hombre de la bicicleta del millón de dólares. Y esta es la historia en dos partes:
La bicicleta del millón de dólares
Es la bici que muchas querrían ser de mayor. Por lo menos la que yo utilizo para ir a currar.
Es un vehículo impresionante: a cualquiera le llaman la atención las cubiertas de las ruedas, pero si te fijas un poco más los frenos de disco y las llantas tampoco te pasan desapercibidas. Una señora bicicleta que muchos no dejaríamos atada en la calle durante la jornada laboral.
Pues está allí todos los días, a la puerta del curro, junto a la mía, cuando la llevo, y otras que, con mayor o menor frecuencia, se dejan ver por allí.
Mis compañeros de desayuno y yo la habíamos bautizado cariñosamente como la bici del millón de dólares.
De cómo conocí a su dueño
Por circunstancias de la vida, hoy, cuando salía del trabajo, he coincidido con un chico barbudo y sin un pelo de tonto que hablaba por teléfono mientras se preparaba para montar el vehículo en cuestión. No lo he podido resistir y le he preguntado si era el dueño de la bici del millón de dólares.
¿Del millón de dólares? Me ha preguntado. Está montada con retales de aquí y de allá... mira, el cuadro está rajado, justo aquí ¿lo ves?
Ha sido el comienzo de una entretenida conversación que ha continuado camino a casa, pedaleando por Princesa y Plaza de España. La subida hasta callao ha pasado sin sentir... hasta que se me ha salido la cadena pasado Callao. Aquí ha empezado una clase teórica sobre ruidos en la dirección, ejes pedaleros y otro montón de cosas.
El hombre de la bicicleta del millón de dólares me ha invitado a conocer su morada, donde he podido comprobar que, efectivamente existen máquinas que no habría podido soñar en la vida. Un muestrario de bicicletas sobre las que solamente había leído de pasada me ha mostrado otra forma de ver las dos ruedas.
También me he traído unos pedales y guardabarros que instalaré en mi vehículo este fin de semana.
Espero que volvamos a coincidir, ahora sí que tengo una cita con el jueves a final de mes.
Las bicicletas ¿son para el verano?
Ya volví de mis quince días, que esta vez no han sido en agosto. Hay mucho que contar, pero será otro día. Hoy toca movilidad sostenible.
No se muy bien si para llevar mejor la re-entrada, para estar a la moda o como respuesta a las últimas medidas tomadas para incentivar el uso del transporte privado, he ido a trabajar en bici. Llevo bastante tiempo dándole vueltas pero no me decidía: hoy ha sido mi primer día.
Las motivaciones.
Cada cual tendrá las suyas, pero la anunciada subida de las tarifas del transporte público empieza a ser un buen motivo para plantearse alternativas. Aprovechar el trayecto del trabajo para hacer algo de deporte, tampoco es un mal motivo. En última instancia está la idea de acostumbrarme a moverme por la ciudad de una forma distinta.
El coche es una opción cara y contaminante. Pero el, cada vez más saturado y caro, transporte colectivo (que no tan público como debiera) hace algún tiempo que me resulta bastante hostil. En verano se suma el problema de la climatización ¿de verdad son necesarias esas corrientes de aire frío que dejan seco al más pintado?
Los acostumbrados cierres veraniegos y el consecuente aumento del tiempo de desplazamiento, también son un buen motivo para cambiar de modo de transporte.
Hablando de todo un poco, no entiendo como el cambio de la tarifa actual, no es una noticia de actualidad para una empresa certificada en sistemas de gestión que incluyen requisitos de comunicación con los clientes. Claro que igual el problema está precisamente en ese aspecto ¿qué es la comunicación con el cliente? o, mejor todavía, ¿quienes son los clientes del Metro de Madrid?
Yo me he enterado por la prensa de la inminente subida del precio del metrobus. Lo de hacerlo con agostosía debería ser un agravante que, sumado al resto de causas pendientes, justificaría una huelga general e indefinida, pero como nos pilla de vacaciones...
La bicicleta.
Mi nuevo medio para desplazarme libre por la ciudad se llama ubuntu. Lo primero que hice cuando la compré fue ponerle unas pegatinas, curiosamente, las primeras con el logotipo de este sistema operativo, unas de esas que te envían cuando pides los CDs.
Ya tenía una bicicleta, pero he decidido hacerme con otra. El motivo básico es que la que poseía tiene demasiado valor sentimental como para dejarla "tirada" en la calle durante toda la jornada laboral. Por otro lado, mi anterior bicicleta no es una maravilla, pero podría resultar atractiva para algún amigo de lo ajeno.
Así pues, ayer me acerqué a un centro comercial. Coincidía que tenían una bicicleta al precio más barato que he visto en los últimos meses. Por 75 euros me llevé un "hierro" de 26 pulgadas. Frena bien, los cambios son correctos... le pediría un plato un poco más grande, y unos pedales un poco más sólidos, pero para dejarla atada en cualquier farola (en Madrid el aparca-bicis no se estila mucho) es más que suficiente.
Al precio de 7 euros el billete de diez viajes, necesito alguno menos de 110 trayectos para amortizar esta inversión. Si voy a trabajar a diario en bici esto supone 2 meses y 3 semanas. Por lo que, si la economía lo permite, antes del invierno habré recuperado el valor de mi inversión.
Para ser honesto, a la cuenta anterior tendría que añadir unos euros invertidos en cadenas, una barra y su sillín. El cuadro de la bici ha resultado ser un poco bajo, por lo que esta misma tarde he comprado (en una tienda del barrio) una barra un poco más larga y, ya puesto, un sillín un poco más ergonómico, por la próstata y esas cosas que empiezan a preocupar cuando uno se acerca peligrosamente a los 30.
No descarto seguir personalizando la bicicleta y añadirle algunos accesorios en un futuro más o menos próximo.
La experiencia.
Esta mañana he salido de casa más o menos a la misma hora que otros días, pero con mi casco en la cabeza. En vez de ir a la boca del metro (cerrada por obras) he bajado por la calle Ascao montado en la bicicleta. El destino, la calle Princesa, queda a un poco más de 7 kilómetros según algún callejero disponible en internet. Nada que no hiciese cualquier día de verano durante aquellas vacaciones adolescentes que transcurrían, permanente e inevitablemente, sobre el sillín y dando pedales.
Tenía varias opciones, pero he optado por bajar hasta Marqués de Corbera, buscando el "carril bici" que va por O'Donnell, para disfrutar del lujo de atravesar por el parque del Retiro hasta la puerta de Alcalá. Desde allí a Cibeles, Gran Vía... y la casa del cliente de mi jefe (o el sitio donde curro, que también lo llamo cariñosamente).
No he controlado los tiempos. Al ir he tardado, en la parte común del trayecto, lo mismo que el autobús 28, al que he adelantado en Ascao. Me ha pasado cuando subía buscando O'Donnell, pero le he dado alcance y adelantado en el tramo del Retiro. El caso es que he salido de casa como de costumbre y cuando he llegado a la oficina todavía no estaban algunos de los que suelen fichar antes que yo.
A la vuelta me he cruzado con un colega que llevaba un par de años sin ver. Salía de su curro en la calle Ibiza, y he echado un rato de cháchara.
Aproximadamente, creo que he bajado de los 30 - 40 minutos en metro, a unos 20 - 30 en bici. Si algún día me da por medirlo lo dejaré por aquí, pero he de confesar que no suelo utilizar reloj.
Otra filosofía.
Lo que he aprendido esta mañana es que ir a currar en bici es otra filosofía. Un poco rollo slow down. Normalmente, cuando monto en bicicleta por deporte suelo "darle caña" para machacarme un poco. y descargar la fiera que llevo dentro.
El truco de los desplazamientos urbanos es otro. Disfrutar del trayecto, ir pendiente del tráfico, descubrir detalles de los que el metro te oculta... pararte a charlar si surge. La cosa no va de pegarse la paliza. No dan puntos a la regularidad, ni hay etapas cronometradas. Se trata de otra forma de moverse. La competición es contra el consumo de combustibles fósiles, las emisiones de gases de efecto invernadero, la masificación y despersonalización del transporte colectivo...
Planes futuros.
Después de la experiencia tengo claro que voy a seguir utilizando a ubuntu para ir a currar, así como para otros desplazamientos urbanos.
Tengo que hacerme con alguna mascarilla o filtro... respirar los gases de escape de los autobuses, las motos y los todo terreno no es muy agradable.
Sería una buena idea buscarse un amiguete en la Fundación Movilidad y hacerle la rosca para ver si acelera el necesario carril bici en ejes como la calle Alcalá, Gran Vía - Princesa y, ya puestos, Ascao - Marqués de Corbera y García Noblejas.
Intentaré estar un poco pendiente de lo que se mueve en las organizaciones biciclistas de la ciudad.
Sobrevivir al verano patrio y aparecer a diario en los informativos veraniegos, para diversificar los tipos testimonios sobre medusas y termómetros al rojo vivo, es todo un mérito, algo impensable para muchas iniciativas y proyectos que sucumben con la llegada de las vacaciones. Pero el empeño del movimiento 15 M lo consigue, paseando la indignación ciudadana por el centro de Madrid en pleno mes de agosto. ¿Pero qué es el 15 M? ¿Quienes son los indignados?